Por Paulina González

Hace apenas un par de meses que nos enteramos de la llegada de un nuevo virus que pronto se convertiría en la pandemia que azotaría al mundo: recesión y, en el mejor de los casos, desaceleración económica, colapso en los sistemas sanitarios de los países, falta de interacción comercial, son apenas algunos de los problemas que cada país busca hacer frente -de forma desarticulada y con recursos limitados-. Sin embargo, hay otro virus que lleva años vapuleando nuestro sistema político y que hoy es la mano invisible no smithiana que toma decisiones a diestra y siniestra con total impunidad y que nadie se atreve a mencionar.

En este sentido, esta fuerza invisible refiere al ejercicio del poder. Al respecto, Foucault decía que el poder no puede ni debe residir en una sola persona, en un grupo político o en determinadas instituciones con relevancia social definida. El poder está en todas partes. Está constituido por una red de interrelación de poderes, por eso se habla de que el poder es difuso. Por su parte, Bobbio define al poder como el “conjunto de hechos o acciones realizadas por fuerzas políticas aversivas que actúan en la sombra”. En nuestro presente ese poder y/o fuerza política invulnerable a los partidos, pandemias, instituciones y que vemos sin asombro en todas partes, es el narcotráfico.

A lo largo de las últimas semanas y no porque sea algo nuevo, sino porque ha venido cobrando mayor relevancia, hemos leído de familiares, allegados o incluso los propios ciudadanos electos y jefes de gobierno involucrados en actividades ilícitas o al servicio del crimen organizado. Lo triste es que estas noticias que ya no causan asombro porque vamos normalizando la correlación que existe entre ambos gobierno y delincuencia organizada como un mismo ser, razón por la cual la impunidad se ha convertido en un fenómeno generalizado. Si bien es cierto que las conexiones del narcotráfico con la política han dejado de ser un secreto a voces, hoy por hoy se ha convertido en un fantasma difícil de atrapar porque se desvanece a cada momento y al mismo tiempo se hace más fuerte, más intrépido, más creativo y con un temperamento difícil de parar.

El destino de los gobiernos inmersos en escándalos políticos por supuestas relaciones con distintos cárteles pareciera no tener impacto en la toma de decisiones, sin embargo, el intercambio de favores y presunta cooperación mutua, ha llevado a los narco bloqueos, levantones, muertos y desaparecidos por doquier, ciudades tomadas por el crimen organizado para evitar la detención o, en su defecto, lograr la liberación de los cabecillas. Como si esto no fuera suficiente, vemos a ciudadanos protegiendo a quienes deberíamos de temer, porque hoy ese poder invisible es quien hace frente a los apremios que aquejan a los sectores desprotegidos por los gobiernos.

Hoy, esa forma de poder invisible refleja la completa descomposición de la actividad política y la falta de voluntad para hacer frente a un conflicto que toma mayor fuerza para convertirse en el mando “secreto” que contrarresta la influencia del poder público y que a su vez pareciera dejar ensimismados a los gobiernos por su total interdependencia táctica hacia una mano que se guía por sus propios intereses. ¿Cuántas pérdidas necesitamos sufrir para cambiar ésta ilógica forma de gobernar? ¿Tenemos que pasar por los terribles acontecimientos de los años 80 en Colombia? ¿Vamos a esperar que la narcopolítica gobierne a todo el país? Hoy debemos plantearnos estas reflexiones y evitar que este poder invisible gobierne nuestras vidas por completo.