Gabriela Godínez García

El hambre, la enfermedad y la muerte estaban presentes en la Guadalajara de 1785 y con ello las epidemias que ocasionaron un sobrecupo de los dos únicos hospitales de la ciudad, calculándose que murieron más de cinco mil personas en muy poco tiempo, por tal razón se comenzó con el proyecto de levantar un nuevo nosocomio que fue el Hospital Real de San Miguel de Belén y posteriormente un cementerio, mismo que se construyó en lo que fue la huerta del hospital.

El presbítero y cronista de la ciudad Tomás López de Híjar dio a conocer  que la ciudad de Guadalajara cuenta con un monumento que edificó a la humanidad doliente un personaje que se considera como el benefactor supremo de esta ciudad, Fray Antonio Alcalde, se trata de la sede definitiva que tuvo el hospital de la ciudad que entonces se llamaba Hospital Real de San Miguel de Belén,  hoy Hospital Civil ‘Fray Antonio Alcalde’.

Dicho nosocomio fue sostenido por el cabildo eclesiástico a través de la orden hospitalaria betlemítica o de Nuestra Señora de Belén, quienes arribaron a Guadalajara a principios de esa centuria y tuvieron que afrontar durante el siglo XVIII seis epidemias en su hospitalito, la primera entre 1737 y 1738 de tifo exantemático que diezmó a la población, en 1760 la viruela, en 1780 la fiebre tifoidea y al año siguiente viruela, indicó López de Híjar.

Añadió que “en 1786, luego de un año en que se perdieron las cosechas, se presentaron enfermedades respiratorias y gastrointestinales que la gente apodó “la bola”,  la cual dejó un registro de 4 mil 500 decesos en una ciudad de 25 mil habitantes, que trajo como consecuencia un descenso demográfico muy brusco, sin embargo el efecto que esto provocó entre los responsables de prever para que esto no pasará más.

La construcción del Hospital Real de San Miguel de Belén dio inició a partir de 1787 y culminó en 1794,misma que se pudo lograr como anteriormente se hizo mencióngracias al mecenazgo de Fray Antonio Alcalde, nosocomio que en su tiempo fue considerado como el más grande del Continente Americano.

 “Es sólo por mencionar uno de los elementos que la epidemia de “la bola” provocó en el ánimo del benefactor de la ciudad Fray Antonio Alcalde”, porque el proyecto del hospital alcaldiano incluyó en primer lugar un nosocomio con sus despachos y aditamentos necesarios, un convento para los religiosos betlemitas, una iglesia para las necesidades espirituales de los familiares de los enfermos, una escuela de enfermería, farmacéutica y de medicina; el primer hospital escuela del Continente Americano”.

El párroco agregó que “se incluyó también un camposanto aledaño al hospital que habrá de llamarse Santa Paula, el primero ubicado fuera de la ciudad, porque en ese tiempo el hospital de Belén que edificó Fray Antonio Alcalde estaba en el suburbio noreste de la ciudad, donde ni había vecindario y donde se acababa todo para esta capital, porque más al norte estaban las barranquitas de Belén y al oriente el Río de San Juan de Dios”.

Cabe señalar que el Panteón de Santa Paula, en su primera etapa, era exclusivo para gente que carecía de recursos económicos, principalmente durante la epidemia de cólera de 1833, que provocó la muerte de más de tres mil personas. Este antiguo cementerio tiene en su historia la creación de tres fosas comunes que sirvieron para gente humilde y que fallecieron por enfermedades contagiosas:

La primera, se utilizó diez años después de su apertura cuando la ciudad sufrió de una epidemia de viruela, y la segunda, en 1833, a causa de una epidemia de cólera morbus y por último una tercer fosa en 1850 cuando surgió otra epidemia de cólera, misma que dio solución a las necesidades funerarias de todos los caídos por dichas enfermedades.

Sin duda, época oscura que dejó el Panteón de Belén, hoy museo, como representación de la memoria histórica de muerte y sufrimiento para los tapatíos de entonces; y, en contraparte, un hospital benemérito, el Civil, como símbolo de esperanza y evolución social y médica.